DE RAÍZ VIRTUAL_Manuel Granados_ Efímera Espacio de Arte_ Murcia

«El primer acto ecologista es el conocimiento del yo. Solo desde una conciencia clara de lo necesario y de lo superfluo puede nacer una forma de habitar el mundo verdaderamente sostenible». Esta es la premisa desde la que parte el trabajo que Manuel Granados presenta en las Salas Y y Z de Efímera. Una convicción profunda que lleva a cabo en su práctica artística donde no se limita a la denuncia ambiental o al gesto simbólico del reciclaje: busca una reconciliación interior entre materia y espíritu, cuerpo y pensamiento, naturaleza y cultura. Conocer el propio ritmo, dice el artista, es también conocer el ritmo de la tierra; y ese autoconocimiento, entendido como poder no dominador sino relacional, constituye el fundamento de cualquier transformación ética y ecológica.

Esta mirada, heredera del pensamiento taoísta y de la tradición filosófica que va de Platón a Epicuro, conduce a una comprensión del arte como espacio de reequilibrio: un lugar donde el residuo se vuelve materia poética y el gesto creativo se transforma en acto de conciencia. Así, Granados reivindica el ideal de “Basura Cero” no como utopía técnica sino como práctica espiritual: reducir, recomponer, devolver sentido a lo desechado.

De raíz virtual propone un recorrido que une pensamiento ecológico y reflexión espiritual. Desde el gesto manual del ensamblaje hasta la videoinstalación como reflejo de lo inmaterial, la exposición anima al espectador a seguir el mismo itinerario de transformación del conocimiento: del conocimiento interior al vínculo con la naturaleza, de la materia al píxel, de la raíz a la luz.

La sala Y de Efímera acoge una selección de fotografías intervenidas pertenecientes a la serie Árbol para un paisaje, cuyas piezas son el resultado de un proceso circular en el que se alternan fases físicas y virtuales. Granados construye pequeños ensamblajes efímeros en forma de árbol, con todo tipo de objetos, residuos orgánicos y restos industriales, que fotografía, edita digitalmente e imprime, para en última instancia trabajar manualmente sobre ellos, pintando y manipulando el soporte; el artista rompe, recorta, dobla, rasga o perfora la base que sustenta la fotografía, de modo que cada imagen pasa del mundo tangible, donde se genera físicamente, al digital para volver a la concreción sobre el papel, donde la materia reaparece en una pieza objeto capaz de exhibir el rastro de las experiencias y memorias ocurridas durante su transcurso vital.

Esta manera de construir las obras refuerza y actualiza la simbología ancestral del árbol, entendido en múltiples tradiciones como eje del mundo, punto de unión entre lo terrenal y lo celestial, entre el cuerpo y el espíritu. Las raíces evocan la memoria profunda, lo ancestral que nos sostiene; las ramas, en cambio, aspiran a la luz, al conocimiento, al porvenir. La arquitectura arbórea no es aquí solo metáfora de los ciclos de la existencia, sino alegoría del diálogo entre opuestos. Raíz y rama crecen en direcciones contrarias, pero se reflejan y se necesitan: mientras una se hunde en la materia en busca de alimento físico, la otra se eleva hacia su propósito intangible. Entre ambas se produce un intercambio fecundo, una reciprocidad vital que recuerda que lo espiritual nutre lo físico tanto como lo físico sostiene lo espiritual. Esta poética del árbol, tal como la propone Granados, no es un simple símbolo natural, sino una pedagogía del equilibrio: solo en esa tensión entre densidad y levedad, entre memoria y aspiración, se abre la posibilidad de una conciencia más libre, más lúcida, más viva.


Y es por ello que en la composición de los árboles aparecen objetos heterogéneos: orgánicos e industriales, bellos y triviales, vivos y desechados Esa mezcla deliberada responde a un principio esencial que el artista no quiere dejar pasar por alto: la complejidad surge sólo cuando se unen elementos distintos. Lo homogéneo acumula, lo diverso genera pensamiento. Esta arquitectura «en rama” de los ensamblajes no busca armonía decorativa, sino mostrar cómo el encuentro entre subjetividades distintas, lo vegetal, lo plástico, lo tecnológico, lo humano, puede dar lugar a una conciencia ampliada. Árbol para un paisaje es una red viva de conexiones y correspondencias: un bosque simbólico que piensa.

En la sala Z se proyecta la videoinstalación Cuerpo virtual en caja de Amazon Prime, que introduce la dimensión mental y espiritual del proyecto. En esta obra, una caja de embalaje, símbolo de la sociedad del consumo y del tránsito global de los deseos, pero también de afectos, necesidades, acciones, potencialidades, en definitiva todo tipo de posibilidades, se convierte en espacio de una voluntad creativa. En su interior se proyectan imágenes, tanto creadas por Granados como apropiadas de las redes y medios de comunicación de masas, transformadas por el artista en un territorio lumínico que pretende diluir los limites entre realidad y virtualidad.

Con esta pieza el artista redefine el concepto de espacio: la caja física alberga un espacio nacido de la voluntad, no de las tres dimensiones euclidianas. La proyección no habita Murcia, ni Efímera, ni la Tierra: habita un plano mental que trasciende las coordenadas del tiempo y del lugar. La caja, como el árbol, deviene arquitectura simbólica: una cámara de resonancia entre deseo, información y conciencia.

El paso del árbol material al cuerpo virtual no implica renunciar a lo natural, sino ampliarlo: de la tridimensionalidad física a las N dimensionesde la mente y del espíritu. Las imágenes en movimiento de Cuerpo virtual en caja de Amazon Prime son el correlato audiovisual del ciclo vital representado en las obras sobre papel. Si aquellas hablaban de raíz y rama, de alimento y propósito, esta videoinstalación explora la voluntad como nueva savia que circula entre mundos visibles e invisibles.

Incorporar lo virtual en nuestra comprensión del mundo implica aceptar una nueva dimensión donde imaginación, intuición y espiritualidad dialogan como parte del mismo tejido vital. Algo que el arte lleva siglos realizando al tender puentes entre mundos dispares y encontrados ofreciendo al espectador una experiencia que no se limita a lo estético. A través del arte es posible adentrarse en zonas del pensamiento donde la razón lineal no alcanza, permitiendo intuir realidades complejas que la física cuántica apenas comienza a describir: la interconexión de todo lo existente, la simultaneidad de los planos, la existencia de una dimensión sutil más allá de la materia. Así, el arte no solo representa el mundo: lo amplía, lo traduce, y a menudo, lo anticipa, funcionando como vía de acceso a lo inefable, un lenguaje simbólico que acompaña al ser humano en su búsquela de sentido y en su deseo de habitar también lo invisible.

Deja un comentario