Texto__ EL HOMBRE QUE CAMINA. Albert GIACOMETTI

Alberto Giacometti (1901-1966)
El hombre que camina, 1960
Bronce
Medidas 182,25 x 96,52 x 26,67 cm
Carnegie Museum of Art, Pensilvania
Giacometti sintetiza el sentir de una época marcada por la frustración y el individualismo. Después de la II...
Alberto Giacometti (1901-1966)
El hombre que camina, 1960
Bronce
Medidas 182,25 x 96,52 x 26,67 cm
Carnegie Museum of Art, Pensilvania

  Giacometti sintetiza el sentir de una época marcada por la frustración y el individualismo. Después de la II Guerra, los gobiernos conservadores de nuevo en el poder, junto con el capitalismo que impregna todos los sectores de la sociedad, incluida la cultura, sólo podía converger en el deseo de los artistas a renunciar a todo convencionalismo y a un pensamiento existencialista liderado por Sartre.

  Su figura paseante mantiene la tensión entre la materialidad (cuerpo constituido como de barro) y la corporeidad que se consume, que se comprime y estira como una vida que tiende a desaparecer. Giacometti consigue llevar hasta el límite la idea informalista de la destrucción de la forma y sin embargo mostrarnos una escultura figurativa, que no puede incluirse en la Nueva figuración porque, como dice Argán, «se convierte en signo, en una mera fisura del espacio infinito». Por otro lado, la inquietante expresividad de este ser le convierte en el representante de una sociedad en crisis que trata de buscar la salida.

  El caminante de Giacometti, encargado para adornar los exteriores del edificio financiero One Chase Manhattan Plaza de New York, (proyecto que abandonó) parece no entender qué pasa a su alrededor y sin embargo sigue adelante como una obsesión, como si la búsqueda le hiciera no perderse más de lo que está; se debate entre ser o no ser, como si no reconociera el mundo que tiene a su alrededor; El ser absolutamente sólo, desprotegido y desconectado de una sociedad que le aliena, que impide su desarrollo. Una negatividad que, sin embargo, no le paraliza; muy al contrario, su dinamismo parece demostrar que no se da por vencido, como una huida hacia adelante, que no sólo le recuerda que aún está vivo sino que la búsqueda merece la pena, sus pensamientos le dicen que la verdad no está a su alrededor pero debe existir en alguna parte.

  El artista se descubre en esta obra, después de más de una década de figuras paralizadas a punto de perder la forma que las define, como un auténtico buscador; no por abrir la perspectiva del espacio vacío, si no por tratar de hacer de la nada existencial el punto de partida para crear un entorno menos hostil en el que encontrar la conciencia de un nuevo hombre.

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